lunes, 13 de enero de 2014

Aplausos



La sala de techo alto hacía de una especie de agujero de guitarra, los aplausos rebotaban en las paredes de piedra y cada susurro se volvía un grito. Ella, allí, en medio de toda esa gente, se preguntaba de dónde venía la tradición de marcar un ritmo con el sonido hueco de juntar las manos en un golpe sordo. Se imaginó a alguien, un individuo virgen de convencionalismos, de cultura, de tradiciones, asistiendo a un acto así y alucinando con ese gesto. En realidad, pensó, esa persona alucinaría en muchas ocasiones: por ejemplo al chocar las copas de champán o darse dos besos (que en la mayoría de los casos se quedan en el aire y no en la mejilla) al presentarse, entre otras.

Solía hacer eso, quedarse al margen y mirar des de lejos. Se quedaba con cosas que pocos captaban. Para ella, se aprendía más así que haciendo los deberes de historia o matemáticas. Ella no quería hacer, sólo quería ver, des de lejos, en un lugar donde las consecuencias no llegaran.

Dientes de oro

La primera luz de la mañana se filtraba por la persiana. Un rayo escurridizo y brillante cruzaba toda la habitación hasta llegar justo en medio de su ojo y le molestó tanto que se llevó la almohada a la cara y soltó unas cuantas maldiciones. Todo eso todavía en sueños. Su sueño siempre había sido muy pesado, su madre siempre decía que de haber sido su dormir algo material hubiera perforado el suelo. Pero ese día, un sábado cualquiera, eran las ocho y el sol ya había hecho de las suyas para sacarla de un empujón de sus dulces sueños. Aunque en dos hechos me estoy equivocando, no era un sábado cualquiera ni eran dulces sus sueños. El martes la echaron del trabajo, le dieron una indemnización minúscula y dos palmaditas en la espalda y ya estaba en la calle. Nunca le gustó su jefe, eso era lo único bueno, ya no tendría que verle más. Pero tampoco vería su sueldo de cada mes. El jueves se discutió con su prometido, quien al viernes dejó de serlo. No fue una discusión con platos volando a través del comedor y estrellándose en la pared amarillenta, pero fue la gota que colmó el vaso, que, según él, ya hacía tiempo que estaba vacío y roto como los platos que no se lanzaron por la cabeza. Ella, a su vez, pensaba que todo se puede salvar con una varita mágica y que con gestos de amabilidad y cariño durante cinco días las tensiones y paranoias de infidelidades se irían. Parece una típica historia de decadencia que proseguirá con una nueva y feliz vida, el principio (o nudo) de una película titulada “la vida de Eva” o “Aquí estoy yo” o “No hay mal que por bien no venga”. - Bueno, la última tendría un título un poco demasiado largo. - Pues no, esto no es una película ni una novela de romanticismo francés. Eso era la triste vida real. Y ella era una de las muchas chicas luchando por salvarse de una España en crisis, decadente, gris, e hipócrita. Una España que pretendía fingir dientes de oro con una dentadura llena de caries.

miércoles, 11 de diciembre de 2013

El mundo en tus manos


La emisora de radio borboteaba las últimas noticias bajo el parabrisas, que iba de un lado para otro sin coger ninguna gota. Que era Diciembre, y el tiempo se distrajo al Octubre, cuando, entre playas abarrotadas, el otoño saludaba efusivamente a unos meses que le pasaban de largo. Y después pensó: “¿Ah sí? Pues ahora el frío os va a venir de golpe”. Y así fue, de una noche para otra las plantas ya aparecían congeladas, los coches ciegos de cristales empañados y las calles resbaladizas de unos pocos transeúntes helados. La emisora paró, junto con el motor del coche, al llegar a su destino. Quitó las llaves y dio un último suspiro antes de salir. No había mucho hielo en el lago, esa noche. Y él ya la esperaba. Con una bufanda gris y colonia de lavanda. No, espera, no es una historia de amor, ni de corazones rotos. Él la esperaba con esa bolsita en la mano, los gramos de cada semana. Se dirigieron un seco saludo. Fueron al grano  y poco después ya volvía a estar dentro del coche.
Ella había tenido el universo entre sus manos, ella tenía el universo entre sus manos, pero se lo guardó en el bolsillo porque le molestaba. Y abrió la bolsita.

¿Sabes?


¿Sabes?
Te escribiría una canción
Si supiera componer.
Y tocaría la guitarra,
Rasgaría las cuerdas,
Si supiera.

Te bailaría un tango,
En horizontal,
Si supiera los pasos
Y tiraría la rosa
Para no pincharnos
Sobre el colchón.

Te compraría una casa
Si tuviera suficientes
Ladrillos
Para ello.

Y , ¿sabes?
Sólo me queda un poema,
Para escribirte
Todo lo que haría
Mejor que eso.

Si te cortas el pelo


A veces, entre su pelo
Olía las rosas del jardín
Y el té por la mañana.
A veces, me escondía
Entre su cuello,
Y esos rizos dorados
Me mantenían callado.
A veces, se le erizaban
Hasta las puntas
De los remolinos
Que se deslizaban (por su espalda)
Al tocar el cielo.
A veces, se giraba de golpe
Y limpiaba toda la habitación
De cosas que no brillaran tanto
Como su pelo.
Y a veces también,
Se peleaba con él,
Por ponerse en medio
Y lo confinaba a las alturas
De un moño deshecho.
Y siempre le dije
Que me gustaban sus ojos
Aunque nunca comenté
Que la encontraba más guapa
Cuando el pelo se le metía en ellos.
A veces, la quise,
Y ahora,  que lleva el pelo corto
ahora todavía la quiero.

Aguas turbias


Nos pasamos la vida
Buscando el oro,
Dentro del río
Bajo las piedras.
Nos pasamos los días
Esperando un golpe de suerte,
Siguiendo la corriente.
A veces entre tus ojos,
Pude ver un destello
Que me pareció dorado,
O plata,
O cualquier cosa que coja todo el sol y te lo devuelva,
En un instante.
Y aún así se volvió a perder.
Y seguí buscando oro,
Como todos los otros.
Hasta que hace poco, me di cuenta
Que el oro solo tenía el valor que le dábamos,
Que el agua ya estaba turbia de tanto remover,
Y que ese río ya no tenía nada de reluciente.

martes, 26 de noviembre de 2013

Héroe silencioso



El lápiz siempre fue el héroe,

Escribiendo sin cesar,

Sabiendo que a cada letra

Perdía un poco más.

Un suicida en potencia

Pidiendo a gritos

Que todos los poemas escritos,

Le devuelvan la mina.

El lápiz siempre acabó

En el fondo del cajón,

Entonces ya poco útil,

Porqué no cabía en los dedos.

El lápiz siempre fue el héroe que,

Aunque silencioso,

Rompía todos los silencios Y leía todas las cartas.